Aislamiento día 1 – Un Cielo Gris

Debo confesar que desde hace varios años me siento a gusto entrando en una posición de animal de isla (me inclino a ponerle este nombre basado en un blog que sigo y admiro muchísimo). Me gusta pasar tiempo en casa cocinando o viendo alguna serie que me enganche, no tengo problema con ir a cine sola (aunque hace mucho no lo hago), y disfruto leer en Cafés. Siempre he valorado mucho la independencia de las personas y por eso mismo, y a medida que pasa el tiempo, he tratado de yo misma ser una prueba irrefutable de ello (o al menos vale comerse el cuento) viajando sola y regalándome tiempo con pequeños actos de cariño. He aprendido a regalarme citas constantes conmigo misma quizá para reforzar el hecho de que no quiero caer en la trampa de una codependencia -jamás-, y simplemente porque al estar constantemente abstraída por el ruido que proviene del exterior, al final del día encuentro necesario realizar una reconexión y volver a maniobrar hacia mi norte. Claro, no es lo único que hago, pero no tengo problema con encarar estas situaciones, y cuando mi corazón lo siente, simplemente las propicio.

Sin embargo, nada de eso se le parece a lo vivido por estos días. Me pregunto si a los acostumbrados al aislamiento por elección nos está afectando más de la cuenta esta situación, que al resto de seres. Esos seres que sienten la necesidad constante de revolotear siempre entre el asfalto y sus verdes. ¿Será posible que ellos al verse obligados a confinarse, ahora finalmente cuentan con tiempo para hablar seriamente consigo mismos? ¿Seré la única que se lo cuestiona?

Primer día de aislamiento y desde que amaneció he necesitado de un constante trabajo mental para comprender que lo que antes era una decisión propia, ahora es una imposición, necesaria pero punitiva. Me pregunto si ese es el concepto que lo cambia todo: No tener la posibilidad. Quiero salir.

Y salgo. Al frente de mi edificio. Me encuentro aquí parada, justo donde empiezan las escaleras para ingresar a esta torre de ladrillos, y sin contacto alguno con alguien, me invade una feroz nostalgia. Estoy viendo una ciudad despejada, acompañada de un cielo con una tonalidad azul grisácea que honestamente espero no olvidar, es de esas fotografías mentales que esperamos que no se esfumen con el pasar del tiempo porque simplemente sabemos que representan un momento singular y extraordinario.

Jóvenes en traje naranja con cajas en sus espaldas entregando domicilios en su bici, intermitentes taxis vacíos, contadas personas paseando a su perro (uno de ellos con tapabocas). Llega también una mujer al edificio con bolsas de lo que aparenta ser un mercado ¿por qué lo hace ahora? ¿acaso no supo que varios de nosotros salimos con frenesí días antes a abastecernos y prepararnos para la hambruna que aparentemente nos va azotar? Policías en el CAI cuidando ya no se qué. Y bueno, más allá de estas pocas almas, la carrera cuarta nunca se había sentido tan sola, cuando de por sí siempre suele rugir a esta hora del día, seis pe eme de un viernes. Los transeúntes ya no tenemos que correr precipitadamente para pasar al otro lado con el fin de evitar salir volando por los cielos debido a los torrenciales carros. Al menos.

Trabajo largo y tendido hasta las seis de la tarde, hago ejercicio a través de una aplicación, felicito a un amigo en su cumpleaños número 32 que se encuentra en Rio de Janeiro. Y bueno, allá el panorama tampoco es muy esperanzador, me escribe: «Esto va a ser tan grave como Italia o más…porque tenemos dengue, chicunguña, sarampión (volvió), inundaciones…y Bolsonaro, que dice que es una gripita». Descubro entre otras cosas que mi saco favorito para dormir se encogió después de pasar por la lavadora la semana anterior, discuto con mi hermana por la lavada de platos de un día, me preparo un bowl muy saludable en la noche, luego me como unas galletas con azúcar añadida y me siento mal, pero ¡Un momento! ¿Acaso esa no es mi recompensa por seguir al pie de la letra las recomendaciones del gobierno, por reprimir mi propia ansiedad, por trabajar, por hacer ejercicio, por comerme un bowl saludable?

Día Uno y todos comparten juegos, y manualidades, y recetas, y películas, y fotos de videollamadas entre más de cuatro personas, y nos invaden promociones de restaurantes hasta con el 50% de descuento, y yo solo pienso: ¿Es esto real? ¿Acaso nadie nunca pasó un domingo en su casa? ¿Por qué tanta urgencia por buscar un plan cuando esto lo hemos vivido millones de veces? Y la respuesta probablemente es que no lo hemos vivido ni una sola vez, no de estar forma. Entonces tal vez todos lo sienten, eso de lo que hablaba al principio, la falta del aire y es ese aire que se abraza con ese concepto que todos conocemos como Libertad.

¡Libertad! Esa maldita palabra siempre ha estado al borde de mi mente y ahora siento que, por primera vez, se me escapa en las narices. El aislamiento en Bogotá viene siendo un simulacro, y confieso que todavía no lo entiendo: ¿Qué de simulacro tiene algo que acarrea consecuencias? ¿Y si es así por qué no deja de serlo? Pueden ser días, semanas, quizás meses. Pensar en eso me angustia, hoy, viernes, a esta hora del día.

Qué golpe tan duro para la economía en general, para nuestra especie, para los que viven en las calles, par los ladrones, para los seres «animales de isla», para nuestra salud (pero no solo la física, sino también la mental). Pero que días más alegres para nuestro aire, para los animales que nos temen, para los dioses que nos escuchan cantar al unísono, para nuestros viejos amigos que volvieron a escuchar de nosotros, para nosotros que volvimos a escuchar de ellos, para nuestros deseos que vuelven a ser reconfigurados, para los nuevos valores que surgen como sociedad, para los que venden papel higiénico, tapabocas, guantes y vitamina C. De algo si estoy segura y es que el mundo no volverá a ser el mismo después de esta pandemia. Al menos, eso espero. 

Update. Acaban de anunciar cuarentena obligatoria por 19 días más en todo Colombia. Las vecinas ladran mientras cantan El baile del perrito. Voy a abrazar a mi hermana. 

Con amor, Ana.


Fotografías: Portada: Michał Biegański / 1, 3 y 4: Pinterest / 2: sciencing.com

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