blanco minimalismo blog ana

Sobre el blanco y nuestros vacíos

Hoy amanecí pensando en el lienzo en blanco que todavía no ha sido pintado, y en el blanco particularmente. Es muy probable que al pensar en él pensemos en un color de calma, pero también en uno que en exceso nos produce una sensación de aislamiento y hasta aburrimiento. Desde siempre hemos sentido la necesidad de llenar espacios, de rodearnos de otros, de ver el vaso medio lleno, de sumarle a todo porque de lo contrario no tenemos nada, y ¡qué miedo la nada!

Pensar en el minimalismo me ha hecho cuestionarme sobre el color blanco, porque no hay foto que no sea de este color si lleva su nombre, y eso me ha hecho preguntarme si este es un color con el que me identifique. ¿Puede haber minimalismo sin el blanco? ¿Puede haber sencillez con espacios más acogedores? Espero que sí, y el blanco me gusta, pero el blanco tan blanco vuelve mi entorno frío e insípido, o eso he pensado. Por lo tanto, quiero ir hasta el fondo del asunto con este tema. En realidad: ¿Qué es lo que nos hace sentirnos vacíos de este color?

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Dicen que todo en exceso es malo, y pensar en una casa muy blanca es sinónimo de frialdad, pero ¿Cuál es el vacío que necesitamos llenar: el de sentirnos acompañados por algo? El color nos trasciende, y a pesar de que en la teoría el blanco no es uno de ellos, eso tal vez nos asuste más; que sea la completa ausencia de todo lo que conocemos. Nos entregan una casa en blanco y queremos pintarla; hay silencio, tenemos que hablar; vemos un cuadro con una gota de color y pensamos que es muy sencillo para ser arte; nos entregan un logo en letras y algo le hace falta. Hay una necesidad implícita y feroz que nos fuerza a querer llenarlo todo, siempre.

Desde hace varios años me acostumbré a dormir con música todas las noches (y creo que esta costumbre viene de casa porque mis papás hoy en día duermen con el radio prendido y una emisora de fondo). Por periodos de mi vida fue necesario dormir sin ella porque físicamente no era posible hacerlo o porque conviví con otras personas, pero debo aceptar que siempre traté de mantenerla porque de lo contrario pensaba que iba a venir un fantasma a media noche a asustarme, o porque sin ella no podía soñar con lo que quería soñar, o porque sin ella no tendría una cómplice para noches oscuras y de misterio. Generalmente la ponía desde mi iPad, lo que hacía que hubiera momentos en que ésta se parara abruptamente por una mala señal de WiFi o por la misma aplicación en que sonaba, lo que ocasionaba que yo misma me despertara aún en mi fase más REM a ponerla de nuevo; ¡Cómo sería la conexión que manejábamos! Haberme acostumbrado a ella había generado que no me imaginara una noche sin ésta. Sin embargo, desde hace un par de semanas racionalicé esta acción y pensé que no me podía dejar ganar por este vacío; si era un miedo seguramente tenía que vencerlo, y si era una costumbre con mayor razón debía acabarla porque no iba a ser posible que ésta tomara el control sobre mi y no al contrario. Así que poco a poco, noche tras noche, comencé a bajarle el volumen a la música, hasta el momento en que, cuando las canciones se pausaban por razones fortuitas, dejé que así fuera y me encontré con ese monstruo al que tanto le temía; el ruido de la calle, el chirrido de algunos muebles, y solo en algunas ocasiones con la ausencia absoluta del sonido. ¿A esto le temía? Hoy estoy convencida que desde que decidí tomar cartas en el asunto, comencé a dormir mejor, y solo por una razón; porque logré quitarme un peso de encima; el peso del miedo, el peso de la rutina, el peso de que cuándo nos cambian algo de lugar, creemos que no vamos estar bien.

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Y esto mismo no solo me pasaba con la música de noche, sino también con el televisor que dejaba prendido mientras trabajaba o incluso mientras leía, con las paredes de mi cuarto que nunca podía dejarlas pálidas, con los restaurantes sin música que volvían incómodos los ambientes, con las charlas que se tornaban silenciosas haciendo que alguno de los involucrados comenzara a hablar desmesuradamente y sin sentido. Entonces, ¿En realidad la música me acompañaba o era el miedo de encontrarme sola en la oscuridad? ¿En realidad necesitaba decir algo o solamente hablaba para llenar el vacío de un silencio? Nunca se me olvidarán las palabras entre Mia Wallace y Vincent Vega en Pulp Fiction:

Mia: Don’t you hate that? 
Vincent: What?
Mia: Uncomfortable silences. Why do we feel it’s necessary to yak about bullshit in order to be comfortable?
Vincent: I don’t know. That’s a good question.
Mia: That’s when you know you’ve found somebody special. When you can just shut the fuck up for a minute and comfortably enjoy the silence.

Traducción. Mia Wallace: ¿No odias eso? Vincent Vega: ¿Odiar qué? Mia Wallace: Los silencios incómodos ¿Por qué tenemos que hablar de idioteces para sentirnos cómodos? Vincent Vega: No sé. Es una buena pregunta. Mia Wallace: Así es como sabes que encontraste a alguien especial. Cuando te puedes callar un jodido minuto y estar cómodo en silencio.

Alguna vez vi un documental que decía que en realidad las personas no son tan multitask como quieren creerlo, las personas en realidad solo pueden hacer bien una sola cosa a la vez, porque de lo contrario siempre hay algo que se les escapa. Por eso es que no creo en las personas que hacen cosas en su celular mientras dicen poner atención a una conversación. Incluso, imaginémonos si entramos a un restaurante con buena música, grandes dosis de decoración, abundante comida, grandes amigos, es muy probable que con tantos factores sobre la mesa, pasemos desapercibido más de un cosa de las que acabo de nombrar, porque es difícil concentrarnos en una sola cuando hay tantos agentes llamando nuestra atención. Supongo que por eso es que le bajamos el volumen a la música cuando estamos buscando una dirección en el carro o que los museos en su mayoría manejan espacios amplios, claros y en silencio, porque tal vez si le sumaran algo como lo es la música, por bajito que suene, la gente no lograría tener un encuentro tan íntimo con las obras, no por nada están diseñados de esa forma, pero esto lo infiero yo, no sé si realmente tenga sentido.

Y sí, amo la música, amo los colores y su teoría, amo las palabras, amo los viajes acompañada, amo el diseño, pero también quiero pensar que amo estar conmigo misma sin la necesidad de forzarme a rellenar espacios por un miedo irracional. Hoy en día creo que solo cuando nos sintamos lo suficientemente cómodos con nosotros mismos, podremos realmente disfrutar de noches silenciosas, de diseños más limpios, de viajes por nuestra cuenta, de conversaciones que en ocasiones se pausan, y todo, porque simplemente la confianza nos brindará plenitud y solo esta será la encargada de llenar esos llamados vacíos incómodos. Y claro, interactuar con elementos o estar en espacios que estimulen gran parte de nuestros sentidos es agradable, pero tal vez deberían serlo porque ellos en sí lo son, no porque sin ellos nos sintamos incompletos.

The more simple we are, the more complete we become. -Auguste Rodin.

Todo esto es algo que apenas estoy comenzando a aprender en todo caso.

Con amor,

Ana.

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