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Buenos Aires y el insoportable peso. ¿Dónde se encuentra la libertad?

Hoy quiero contarles una historia, o parte de la historia de mi vida en el sur -del continente-, y un singular peso que sin querer arrastré 4.655 kilometros, ida y vuelta. Dice así:

Hoy recuerdo el día que tomé la decisión de irme a vivir a Buenos Aires; iría a estudiar, a explorar y a encontrar la anhelada libertad que sentía que no encontraba en mi ciudad. Me fui con la intención de empezar de cero y siempre imaginé una nueva identidad cada vez que imaginaba ese número.

Recuerdo que en ese entonces podía viajar con dos maletas con un peso máximo por pieza de 23 kg y equipaje de mano alrededor de los 8. Me tuve que acomodar, así que eso hice; recuerdo la frustración empacando especialmente abrigos -los cuales eran indispensables porque llegaría en invierno- razón que llevó a mi mamá a comprarme no uno, sino 3 antes de irme. Es decir, no era suficiente con lo que ya tenía, sino que durante ese periodo salimos a comprar más cosas porque pobre de mi sola en Buenos Aires.

Fue así como apretando y utilizando los métodos más sofisticados e innovadores para empacar (haciendo rollos con las camisetas y sentándose encima del contenido para bajar volumen) logré armar dos maletas de 23 kilos y pico; en ese punto, el único acto terrorista que tendría chance de suceder en el Aeropuerto Internacional El Dorado era que cualquiera de mis maletas explotaran en un fortuito descuido desbordando ropa, cremas, recuerdos colombianos, pendejaditas, y todas las cosas que le guardan a uno las mamás para «por si acaso» ¡Ah! pero no nos olvidemos del computador iMac que había comprado recientemente y que también decidí llevar porque era indispensable para mi carrera de diseño gráfico; sumen entonces 11.5 kilos adicionales. Adicional a eso, obvio llevaba un maletín adicional como equipaje de mano y una cartera para los papeles y cosas importantes.

¿Que si me tocó pagar sobrepeso? ¡Claro! no tuvieron problema con el «pico» de los gramos demás de las maletas, pero el peso del computador era imperdonable. Tenga sus dólares señorita de Avianca. Y bueno, qué mas daba, me iría por mucho tiempo y mis maletas y yo estábamos más que preparadas.

Nunca, nunca, nunca se me olvidará el día que llegué al Ezeiza; me bajaría liviana del avión, con una sonrisa plena por haber pisado suelo argentino, feliz porque ahora sí disfrutaría de mi soñada independencia, hasta que en cuestión de segundos todo cambió y como un meteorito que toca tierra, la realidad me pegó. Recogí mi primera maleta, luego la segunda, luego el computador, y mientras lo hacía no podía descuidar mi equipaje de mano. ¿Y cómo se juega ese Tetris? El juego consistía en llevar 2 maletas de ruedas, una en cada mano, mientras arrastraba con mi rodilla derecha la caja de un computador enorme cada medio metro, ésto mientras me rotaba el peso de los elementos de mano entre hombro y hombro. Y sí, traté de buscar esas personas que lo ayudan a uno con el equipaje; esas que tienen carritos y toda la fuerza que se requiere, pero no sé que pasó; no sé si mi niebla no me permitió divisarlos o si se encontraban todos ocupados ayudando a alguien más. No pudo ser opción.

Fue entonces, después de un rato, que me encontré tan estresada que quise llorar; me recuerdo sola, roja del estrés, sudando incluso del abrigo mismo que usaba (que me llevé puesto para no hacer más peso en la maleta). Nadie viajó conmigo y nadie me recibiría. Fue sin duda, una de las peores llegadas a un aeropuerto que he tenido.

Finalmente ese momento pasó y un lindo apartamento en el barrio Almagro me esperaba. Me instalé con un amigo de Bogotá, y todavía recuerdo los destellos de sol de esos primeros días en el sur. Sin embargo, ese apartamento tenía sus días contados porque lo habíamos tomado solo por 30 días, así que mientras nos instalábamos ya teníamos un pie por fuera también.

Por supuesto el tiempo se agotó y yo todavía no había encontrado otra opción, así que me mudé donde un amigo que se encontraba en San Telmo; sería otra estadía transitoria. Y ¡ojo! no olviden que no me mudé yo sola, también mudé a mis 5 amigos (las 2 maletas, el computador y los 2 maletines). Desde ese día nunca caí en cuenta que nos esperarían miles de viajes más juntos.

Finalmente encontré un pequeño apartamentico para mi en el centro de la ciudad. A coger maletas y volver a mudarse (yo con mis 5 acompañantes). Para el presupuesto que tenía, este monoambiente (como lo llaman allá) resultaba siendo una buena oalternativa; se encontraba a una cuadra de la 9 de julio, media de la Córdoba; cama y un sofa-camá que hacía de sala, una cocina incrustada en un clóset, su pequeño baño y un olor peculiar a guardado que nunca se fue, pero bueno, finalmente era mi espacio.

Recuerdo que llegué y lo «redecoré» como pude (si se puede llamar así a lo que intenté hacer): moví las cosas de lugar, le puse un par de cuadros y recuerdos a las paredes, y medio organicé la cosa, perdón, la casa. En este apartamento viviría 6 meses y alcanzó a albergar hasta a 7 personas en un mismo momento (amigas y conocidos que fueron a visitarme desde Bogotá). Sin embargo, este lugar era sucio por naturaleza, pequeño -además de oscuro-, la dueña era muy jodida, los vecinos eran particulares. Ya no me sentía bien en ese espacio. Además había entrado a trabajar a Hard Rock y tenía un par de compañeras que estaban buscando roommate en Palermo, no lo dudé, quería levantarme cada mañana y ver la luz del sol. Ese nuevo apartamento me dibujaba esa realidad. Chao centro.

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Mudanza de nuevo; yo, mis 5 acompañantes y esta vez un poquito más, acompañantes que ya no tendrían un espacio prudente sino que esta vez se tendrían que acomodar a un área más reducida porque compartiría cuarto con una nueva colombiana recién llegada. ¿Que cómo me fue? al inicio bien, pero junten a 4 mujeres colombianas de distintas edades (yo era la menor) en un apartamento; todas compartiendo habitación y todas trabajando en el mismo lugar, el resultado fue ¡drama! Hubo momentos agradables, pero el final estaba escrito. No recuerdo cuánto tiempo viví allí -porque por cosas de la vida después retornaría a este lugar-, pero la risa se esfumó. Nos separamos.

Y bueno, ya tanta mudanza no era divertido y menos con mis compañeros inseparables que iban mutando también, a veces eran más y a veces eran menos, pero siempre eran varios. Después viviría con un novio con el cual el rollo no funcionó, con una amiga que me hospedó en mi tusa, con un parche de amigos hombres, con una brasileña freak por la limpieza, con el hermano juicioso de una amiga; viví nuevamente sola en un apartamento enorme que conseguí como ganga, recuperé mi primer apartamento en Almagro y también estuve en una especie de altillo con plantas.

Mi expedición nómada terminaría nuevamente en el apartamento en Palermo donde viví con las otras 3 colombianas, esta vez con una sola de ellas también llamada Ana, y ese fue uno de los momentos más felices que viví en Buenos Aires sin duda, pero lastimosamente este ya estaría mi recta final.

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La otra Ana en el balcón de nuestro apartamento.

Tal vez piensen que viví allá 10 años por tantos trasteos, pero no, estuve solo 3. Y bueno, fue en ese momento que comprendí que la convivencia de verdad es tan difícil como la pintan y que yo era muy inestable. Muchos dirán que tantos desplazamientos solo se pueden deber a mi, y seguramente sí, no sé si nadie me aguantaba a mi o si yo no me aguantaba a nadie, pero por cualquier razón, nunca tuve un lugar fijo por mucho tiempo. Lo que sí recuerdo entre lugar y lugar, es la imagen de una niña guardando sus cosas incluso en bolsas (cada vez más me volvía menos rigurosa y meticulosa con la empacada), pidiendo un taxi y rogando para que ese próximo lugar fuera más acogedor; pensamientos que seguramente se cruzaban con los rezos de mi mamá en Colombia pidiendo exactamente por lo mismo.

Sin embargo, un día tomé la decisión de seguir adelante; ya había estudiado, trabajado y conocido, tuve la sensación de haber cerrado un ciclo; Bogotá estaría más cerca de lo que pensaba. Al no haber realizado grandes viajes mientras viví en Buenos Aires y contar con buenos ahorros en ese entonces, quise viajar antes a Brasil. Tenía una amiga viviendo en Rio que me podía hospedar, así que decidí que esta sería mi última escala -de 10 días- antes de mi destino final.

Entonces, si ya se imaginaron mi llegada a Buenos Aires, se imaginarán la vuelta, igual pero con más peso, porque eso sí de cada lugar fui arrastrando objetos, recuerdos y hasta energías. Imagínense nuevamente yo en un aeropuerto llegando con ese montón de cosas. El día que entré al apartamento de mi amiga, no se me olvida como mis cosas se desparramaron en medio de la sala; era un mar de objetos y además este sería el lugar donde dormiría.

No disfruté Rio, debo ser honesta, y ahora al escribir este texto creo saber por qué. Estaba extenuada, cansada, ya quería mi casa, el peso de las cosas se hizo evidente y no sentí la ligereza ni la libertad en el aire; ese del que uno goza cuando llega un nuevo lugar. Había llevado unos 65 kilos a Buenos Aires y ahora me devolvía con algo más que eso, se sentía como el fin del mundo. Recuerdo que mi amiga quería salir y quería bailar y mostrarme lugares y hacerme sentir la verdadera experiencia carioca -además porque era plena época de carnaval-, pero yo solo quería la cama limpia de mi casa.

Aún así me llevó a un matrimonio, me llevó a las playas de Ipanema y Copacabana, me llevó a Ilha Grande, me llevó a bares y a tomar el mejor jugo de açaí en sus calles, me disfrazó y por supuesto me llevó al corazón del carnaval. Ella se esforzó por darme la mejor experiencia brasileña, y yo no tenía ánimo para seguirle el ritmo, excepto por el último día.

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En algún lugar de Rio en el 2012.

El último día de mi estadía en Rio decidimos salir a una plaza a tomar; habían tambores, había gente bailando en las calles, en tarimas y hasta en escaleras; esa noche la guardo naranja en mi memoria, probablemente porque ese fue el color que predominó en las fotos. Recuerdo a un italiano que me hablaba portugués y recuerdo haber bailado como si no hubiera un mañana. Esa noche me despedí de mi vida en el sur y esa noche fui feliz. A las 4 a.m. me iría a dormir.

¡Boom! Suena el despertador temprano, muy temprano, tan temprano que todavía estaba oscuro, había dormido algo menos de una hora, y mi vuelo saldría esa misma mañana en un horario cercano. Todavía no recuerdo cómo saqué las fuerzas para levantarme ni cómo escuché ese bendito despertador, pero me levanté angustiada. Ese día recuerdo que mi amiga no se levantó de la cama y yo tuve que cargar todas mis cosas hasta el taxi, es decir, todas mis cosas, cada una de mis cosas. Volvió el agobio, volvió la ansiedad y la dificultad hasta para respirar, quería llorar, una vez más, sentía como se me subía la temperatura y no era el clima, era otra vez yo sola contra el mundo, o al menos así se sentía.

Recuerdo que en el counter de la aerolínea me tocó el hombre más gentil del mundo que me dejó pasar mis maletas sin pagar por exceso de equipaje (aún cuando mis dólares ya estaban separados desde varios días atrás). Hasta el día de hoy pienso que este amable señor pudo leer a través de mis ojos ese gran peso que cargaba y que sobrepasaba los kilos de mis maletas. Me evitó otra batalla. Y mientras tanto, esta vez no temía que fueran mis maletas las que fueran a explotar, sino yo la que fuera a romper en llanto y detonar al lado de mi carga. Y fue así como recibí mis tiquetes aéreos para volver finalmente a casa.

Durante cuatro horas en el aire volví a la nada, volví a las nubes y a la levedad. Dormí durante todo el vuelo.

Conclusión:

Me fui buscando la libertad y me encontré con la gravedad. Bien decía Kundera que la persona que desea abandonar el lugar donde vive no es feliz y esa infelicidad pretendí que la haría volar por los aires, sin caer en cuenta que aterrizaría a la mismísima tierra que todos los seres humanos compartimos (porque no hay límites geográficos que aniquilen nuestros deseos y menos los sentimientos).

Desde que partí me fui en búsqueda de más; de ese mejor y más tranquilo lugar, sin saber que durante esa búsqueda pasaría por 12 espacios más, encontrando el mejor solo hasta el final.

Llené, cargué, arrastré, trasladé, pensé y moví esa malditas maletas, sin saber que el único vacío que necesitaba llenar era el de mi propia vida. Nadie es más responsable de nuestra insatisfacción que nosotros mismos y un gran detonante es la lista interminable de nuestros deseos. Nos esforzamos por alcanzarlos y cuando no lo logramos queremos más, y cuando sí, también queremos más. Por eso es que hoy en día me pregunto: ¿Cuánto es suficiente?

Y esta pintoresca historia es solo un reflejo de nuestra vida actual; ¿Cuántos de nosotros no vamos constantemente tras el apartamento más grande, el carro más rápido, el celular más nuevo, el abrigo más fino? Una y otra vez, una y otra vez. Para saber que cuando lo conseguimos, todo sigue igual y sin saber que depende de nosotros liberarnos de esa caza de supuesta felicidad.

Al final, la libertad no se halla en un mapa, ni se compra ni se empaca, la libertad se encuentra muy dentro de nosotros. Y gran parte de mi identidad, hasta hace poco descubriría, que se encontraba enterrada bajo todos esos mortales acompañantes.

Maybe the journey isn’t so much about becoming anything. Maybe it’s about un-becoming everything that isn’t really you, so you can be who you were meant to be in the first place. – Paulo Coelho

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 Pd: Igual te amo Buenos Aires, también pasé días muy felices contigo, pero sin duda esa será otra historia.

Con amor,

Ana.


Fotos: Todas personales. Buenos Aires y Rio de Janeiro entre el 2009 y 2012.

7 comments

  1. Luna

    Un post muy interesante. Gracias por la información. Un cordial saludo.

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    1. La Minimal

      Hola Luna. Gracias por leer. ¡Un abrazo!

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  2. Iris

    Muy buen post, muy recomendable! Un cordial saludo.

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    1. La Minimal

      Hola Iris. Saludos para ti también. ¡Feliz día!

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  3. Ana Maria

    Que lindo leerte, siempre será un placer! Me emocioné al verme en este post, recordé tantas cosas que vivimos y sorteamos dos chicas queriendo libertad, pero abrumadas por tantas otras!!! A pesar de los sin sabores siempre serás uno de los más lindos recuerdos que me dejó mí experiencia sureña !!! Con cariño … Ana

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    1. La Minimal

      ¡Ani! Siempre en mis pensamientos. Mi amiga más intrépida y guerrera. Tengo los mejores recuerdos de esos años. Siempre la recordaré como la amiga a quien sin importar el lugar, siempre respondería con un ¡Sí, camine! Eso es lindo y eso me hace falta: Una compañera de aventuras y cero complicaciones. Le mando un abrazo desde cualquier lugar del mundo donde se encuentre. Espero que algún día el destino nos vuelva a juntar para tomarnos una copa de vino (en vez de aguardiente jaja) y reír, simplemente hablar y reír.

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      1. Ana Maria

        Seguro coincideremos,,, yo encantada porque pocas personas se quedan tan marcadas en nuestras vidas… Por ahora seguiré viajando a través sus letras… Y de esta vida que llevo de búsquedas, sensaciones y vivencias.. ya te contaré mis buenas y no tan buenas nuevas jajajaja

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